Les cuento esta historia real porque no entiendo cómo personas que todavía son joviales (no adolescentes ni jóvenes), sus expresiones están basadas en sentirse ancianos o viejos. Les cuento esta historia porque la palabra vejez aún no la aplico en mi vida (los que han leído mis historias anteriores saben de qué les hablo). Reconozco que a medida que vamos pasando de una década a otra se verán cambios en nuestro físico, pero dependerá de nosotros que esos cambios sean llamativos o determinantes en nuestras vidas.
Ya ustedes saben que físicamente me cuido mucho y últimamente también me estoy cuidando con los exámenes médicos rutinarios anuales. Esto lo hago obviamente para verme bien físicamente, representar menos edad, mantener mi autoestima alta y para que mi familia inmediata se sienta orgullosa de mí.
En esta ocasión, les traigo este tema porque una persona con la que comparto en ocasiones de forma personal y más tiempo en términos laborales, tiene cincuenta años y hace todo lo posible por lucir bien (ha ido a otro país para someterse a operación y lucir cuerpo espectacular, se ha sometido a tratamientos caros para eliminar las manchas de la cara, etc), pero aunque físicamente se ve bastante bien al hablar con ella es como si habláramos con alguien de 80 años. Me da pena con ella porque si así se expresa con su esposo que tiene la misma edad, lamentablemente un hombre de 50 años por mejor que se vea su esposa físicamente, no necesita a una mujer que se sienta de 80 años al menos que sea su mamá u otro ser querido (Ustedes saben cuáles son las consecuencias de esta situación porque sabrá Dios sin en su vida íntima o matrimonial actúa igual).
A esta mujer le llamaremos Carmen. Como les indiqué Carmen tiene 50 años de edad, casada con dos hijos adolescentes y bien encaminados. Carmen y su esposo son ingenieros de profesión, ambos tienen excelentes salarios, asisten a la Iglesia Católica, acompañan a sus hijos a las actividades de la escuela y viajan en familia.
Precisamente hoy viernes, 18 de noviembre, estuve trabajando unos asuntos laborales con Carmen y hoy por primera vez la aconsejé porque ya es demasiado el tiempo escuchando lo mismo.
En ocasiones anteriores, Carmen siempre menciona algún comentario sobre que está vieja o que estamos viejas (soy diez años mayor que ella, pero ella cree que tenemos la misma edad <ya ustedes me conocen, ja, ja, ja>). Sus comentarios para mí siempre son inesperados porque no espero que sus comentarios los aplique. Por ejemplo, si comentara que ya no somos jóvenes, que tenemos que ahorrar para la vejez, que no debemos hacer préstamos hipotecarios de 30 años, si estos fueran sus comentarios, yo no los criticaría. Pero cuando comentan cosas como: que ella y yo no comemos huevos hervidos fuera de nuestras casas porque estamos viejas; que nos tenemos que cortar el cabello porque estamos viejas; que ir al Casino de un Hotel aunque te estés quedando en el mismo es porque estamos viejos; que si comemos popcorn en el cine también estamos viejos porque los jóvenes comen chocolates y tacos, entre otros. Nunca había conocido a alguien que se sintiera así.
Precisamente hoy estando trabajando, me dice: “fulana (mi nombre), las sillas hay que cambiarlas” (me llamó la atención porque las sillas son nuevas y son súper cómodas), continúa diciendo, hay que cambiarlas, ya que hay que ponerle ruedas porque estamos viejas”.
¡…. AY MI MADRE…. !, Ustedes ya conocen lo que opino sobre este tema y hasta aquí llegó Carmen y su vejez por no decir su viejetud. Le dije Carmen, las personas nos vemos como nos proyectamos, si tú te sientes viejas por alar una silla que no pesa y que el movimiento es mínimo, los que te estamos mirando vemos a una mujer perezosa, sin agilidad, no proactiva y yo te conozco por lo que sé que esa no eres tú (le dije esto sólo tomando como referencia la silla, no mencioné sus comentarios anteriores que ya me tienen harta). También le dije que ella es una mujer productiva, con agilidad y que por su bien esperaba que modificara su pensamiento, ya que otras personas están observando lo mismo que yo, pero no se lo van a decir y lo peor para ella es que las empresas necesitan personas hábiles, diestras, proactivas y no gente que continuamente se están quejando hasta por una silla que quiere que se le ajuste para personas “viejas” como ella.
En mi experiencia laboral conozco personas sobre los 75 años que nunca los he escuchado pedir concesiones laborales, que son proactivos y con experiencia inigualable y de la que todos aprendemos. Tendrán sus situaciones por consecuencia de la edad (lo que es normal para todos aunque tengamos menos edad), pero nunca los he escuchado expresarse como Carmen.
Así que, si hay personas como Carmen leyendo esta historia, les recomiendo que modifiquen su mente, ya que la situación de Carmen no es sólo laboral. Por los comentarios que Carmen me ha hecho, su pensamiento lo aplica en su estado personal, en su diario vivir y familiar. Lamentablemente si piensan igual que Carmen, estarán muriendo en vida poco a poco. DIOS LOS BENDIGA….