Les cuento que cuando era soltera disfrutaba de los carnavales de mi país. Eran tiempos en que los ciudadanos salíamos a las calles a disfrutar de diferentes formas. En mi caso, tenía un amigo de la familia que se dedicaba a cuidar y mantener caballos a lo que le llaman cuadras. La primera vez que monté caballo mi amigo me enseñó en un caballo grande y hermoso. Aunque no lo crean, monté ese caballo sin ninguna dificultad, sin miedo sintiéndome poderosa y bella porque tenía botas y gorro de vaquera. Recorrimos por un área de nuestro pueblo y éramos 5 personas. Me sentía como una reina, valiente, fuerte y vigorosa. Esa experiencia fue tan positiva que dos semanas después no había carnaval, pero quería seguir sintiéndome empoderada y poderosa. Fue por ello que, planifiqué una regata con mi amigo y salimos en caballos por la misma carretera dos semanas después. Lamentablemente, en esa ocasión la experiencia fue diferente. Monté una yegua blanca y pequeña porque no había más caballos disponibles. Saben qué, desde que la monté no me fue bien. No me sentía empoderada porque yo no llamaba la atención, la atención la tenían los que montaron los caballos grandes y hermosos como el primero que monté. Lo más triste de todo es que la yegua no me obedecía, se salió de la carretera principal, nos alejamos del grupo y comenzó a entrar en los patios de las casas que no tenían verjas. No lograba detenerla y el terror se apoderó de mí, tenía miedo de caerme y no podía imaginar cómo terminaría. Gracias a Dios, mi amigo se dio cuenta de lo que ocurría y llegó a socorrerme, me pidió las riendas de la yegua y fue él quien detuvo a la yegua. Me imagino que no tengo que decirles que me bajé de la yegua y llamé a mi hermano para que me buscara. Le dañé el disfrute a todos porque tuvieron que llevar la yegua al establo. Saben qué, jamás he vuelto a montar caballos. Que cosas de la vida, siempre me pregunté si la yegua sabía que yo no me sentía cómoda con ella y por eso me trató como merecía por ser presuntuosa (ja, ja, ja….).